Por qué somos tan críticos con nuestro cuerpo? El peso de la opinión de los demás
Una arruga. Una cicatriz. El vello de las piernas. La forma de tu barriga. La celulitis.
Hay partes de nuestro cuerpo que podríamos simplemente aceptar tal y como son. Y, sin embargo, a veces se convierten en algo que sentimos la necesidad de controlar, ocultar o cambiar.
Pero ¿quién decidió que eran un problema?
Muchos de los criterios que utilizamos para juzgar nuestro cuerpo los aprendemos con el tiempo, a menudo sin siquiera darnos cuenta.
Comentarios que escuchamos mientras crecíamos, cánones de belleza, publicidad, redes sociales, comparaciones con otras personas: todo lo que vemos y oímos a nuestro alrededor puede influir en la forma en que aprendemos a mirarnos.
Y, poco a poco, la mirada de los demás puede acabar convirtiéndose en la nuestra.
Para entender mejor de dónde viene la autocrítica hacia nuestro cuerpo, por qué ciertos juicios permanecen con nosotros y cómo podemos recuperar un poco de libertad en nuestra relación con nuestro aspecto físico, hemos hablado sobre este tema con Serenis, un centro médico online especializado en salud mental.
Cómo aprendemos a mirar nuestro cuerpo
Una terapeuta de Serenis nos explica que la relación que tenemos con nuestro cuerpo no surge de la nada.
Crecemos rodeados de imágenes, comentarios, expectativas e ideales que nos transmiten, de forma más o menos explícita, qué características físicas se consideran deseables y cuáles no.
A veces, estos mensajes son imposibles de ignorar. Otras veces, son mucho más sutiles.
Un comentario sobre nuestro peso. Una broma sobre el vello corporal. Un cumplido que llega justo cuando hemos adelgazado. Un anuncio en el que la piel siempre está perfectamente lisa. O decenas de cuerpos aparentemente perfectos que desfilan por nuestra pantalla mientras estamos en el sofá, en pijama y comiendo galletas.
Compararnos no es necesariamente algo negativo: compararnos con otras personas es humano.
El problema puede aparecer cuando determinados cánones de belleza se van interiorizando poco a poco, hasta convertirse en los criterios con los que nos juzgamos.
En ese momento, ya no necesitamos que nadie nos diga que nuestro cuerpo debería ser diferente.
Empezamos a decírnoslo nosotros mismos.
Como explica la terapeuta de Serenis:
«La imagen que tenemos de nuestro cuerpo no nace de una mirada neutral. Se construye con el tiempo, a través de nuestras experiencias, los comentarios que hemos recibido, las influencias familiares y culturales y las comparaciones con los demás.
Algunas experiencias pueden tener un impacto especialmente importante: recibir burlas por nuestro aspecto físico, escuchar comentarios repetidos sobre nuestro peso o alguna característica corporal, o aprender que determinada parte de nuestro cuerpo debería ocultarse.
Con el tiempo, estos juicios pueden interiorizarse y moldear la forma en que aprendemos a mirarnos, incluso cuando ya nadie nos dice esas cosas».
¿Por qué somos tan críticos con nuestro cuerpo?
Existe un mecanismo psicológico interesante que puede ayudarnos a entender por qué ciertas inseguridades físicas siguen ocupando tanto espacio en nuestra mente.
Imagina una situación muy sencilla.
Te miras al espejo y notas algo de tu cuerpo que no te gusta.
Automáticamente, aparece un pensamiento:
«Se nota demasiado».
«Debería taparlo».
«Los demás se van a dar cuenta».
Ese pensamiento te genera malestar. Y, para aliviar esa sensación, puede que empieces a hacer ciertas cosas: volver a mirarte al espejo, cambiarte de ropa, esconder esa parte de tu cuerpo, compararte con otras personas o intentar «corregirla».
Y puede que funcione… al menos durante un rato.
El malestar disminuye y te sientes mejor.
Pero aquí está la cuestión: esa misma sensación de alivio puede contribuir a mantener el círculo vicioso. Si ocultar esa característica me ha hecho sentir mejor, puede que termine convenciéndome aún más de que mostrarla habría sido un problema.
Y aquí estamos otra vez, delante del espejo.
Serenis nos explica cómo funciona este mecanismo:
«Desde una perspectiva cognitivo-conductual, a menudo no es tanto la característica física en sí lo que mantiene el malestar, sino el significado que le atribuimos y lo que hacemos para sentirnos mejor. Si pienso "esta parte de mi cuerpo no debe verse", puede que empiece a vigilarla, esconderla, compararme con los demás o buscar que otras personas me tranquilicen.
Estos comportamientos pueden reducir el malestar a corto plazo, pero precisamente ese alivio puede reforzar la creencia inicial: si esconderla me ha hecho sentir mejor, quizá mostrarla realmente era peligroso o inaceptable. Y el ciclo vuelve a empezar».
Redes sociales, comparación e inseguridades físicas: ¿cuánto nos afecta la opinión de los demás?
Y luego están, por supuesto, las redes sociales.
No son el enemigo, obviamente. Pero han multiplicado las oportunidades que tenemos de comparar nuestro aspecto físico con el de otras personas.
La cuestión es que muchas veces comparamos nuestra realidad cotidiana con imágenes cuidadosamente seleccionadas o preparadas.
Y aunque racionalmente sepamos que lo que vemos en internet no refleja toda la realidad, puede seguir afectando a cómo nos sentimos.
Así, la opinión de los demás puede convertirse en una especie de público imaginario que llevamos con nosotros, incluso cuando nadie nos está mirando realmente.
«¿Se notará?»
«¿Puedo salir así a la calle?»
Cuando esto ocurre, corremos el riesgo de empezar a mirar nuestro cuerpo principalmente desde fuera: en lugar de preguntarnos cómo nos sentimos, nos centramos en cómo nos ven los demás.
Cuando una preferencia estética se convierte en una norma
Depilarse o no depilarse no es un problema.
Maquillarse o no maquillarse no es un problema.
Querer cambiar algo de nuestro aspecto físico no es un problema, igual que tampoco lo es no querer cambiar absolutamente nada.
Lo que realmente importa no es tanto lo que decidimos hacer, sino hasta qué punto esa decisión sigue siendo libre y flexible.
«Ninguna decisión existe completamente al margen del mundo en el que vivimos: nuestros gustos, hábitos e ideas sobre lo que es bonito o socialmente aceptable están inevitablemente influidos por nuestra cultura y las personas que nos rodean. Por eso, la cuestión no es preguntarse si una decisión es "pura" o está totalmente libre de influencias externas, sino hasta qué punto sigue siendo flexible.
Puedo decidir depilarme porque es lo que prefiero y, al mismo tiempo, sentirme completamente libre de no hacerlo.
O puedo sentir que no depilarme haría que mi aspecto fuera inaceptable, me impediría salir de casa o me expondría al juicio de los demás. Es entonces cuando una preferencia puede empezar a parecerse más a una obligación».
La libertad también significa poder cambiar de opinión
Puede parecer un poco curioso que una marca de maquinillas de afeitar hable de la libertad de no depilarse. Pero, para nosotros, ese siempre ha sido precisamente el punto clave.
No queremos convencerte de que te depiles. Queremos que, si decides hacerlo, la depilación sea un momento de autocuidado, no una obligación.
Nuestra relación con nuestro cuerpo puede cambiar, igual que cambian nuestras preferencias, nuestros hábitos y las diferentes etapas de nuestra vida.
Y quizá ahí también resida parte de la verdadera libertad: poder cambiar de opinión sin que esa decisión diga nada sobre nuestro valor como personas.
No tienes que amar cada parte de tu cuerpo para respetarlo
En los últimos años hemos oído hablar muchísimo de body positivity y aceptación corporal.
Son conversaciones importantes que han contribuido a cuestionar muchos cánones de belleza rígidos.
Pero existe otra posibilidad de la que quizá se habla menos.
Habrá días en los que te encante cómo te ves, otros en los que te sientas un poco menos a gusto con tu aspecto y otros en los que tengas cosas mucho más interesantes en las que pensar.
Y aquí llegamos a una reflexión que nos gustó especialmente durante nuestra conversación con Serenis: el objetivo no tiene por qué ser convertir cada inseguridad en algo que nos encante.
Quizá sea mucho más realista llegar a un punto en el que podamos pensar:
«Esta parte de mi cuerpo existe. No define mi valor y no tiene por qué ocupar todo el espacio de mi mente».
No tenemos que amar absolutamente todo de nuestro cuerpo para tratarlo con respeto.
Y quizá sea precisamente ahí donde empieza el verdadero autocuidado.
No en la presión de sentirnos guapísimos todo el tiempo ni en la búsqueda constante de una versión «ideal» de nuestro cuerpo.
Sino en la libertad de cuidar nuestro cuerpo sin tratarlo como un proyecto que necesita arreglos constantemente.
Con esa cicatriz, esa arruga, ese vello corporal, esas estrías o cualquier otra característica que, en algún momento y sin saber muy bien cuándo, aprendimos a observar con demasiada atención.
Depilarse o no depilarse no es lo importante.
Lo importante es poder elegir sin dejar que esa decisión defina nuestro valor.
Y en esto, Fler y Serenis estamos completamente de acuerdo.
¿Y tú? ¿Qué opinas?